En algún momento de su génesis eran seres respetados por la sociedad. Transmitían la sensación de cierta urbanidad. Seres de cara pálida y traje atemporal -en esa extrañísima época las calzas eran una medida de modernidad y atemporalidad, no sé por qué- que imitaban los gestos sobresalientes de los ciudadanos. Reirse de uno mismo era señal de urbanidad y muestra irrefutable de poseer una mente abierta. La mente abierta era el último grito de la moda.
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